Laicismo, un año de cambio


FERMÍN APARICIO / PEPE PETTENGHI

Las imágenes son ya recurrentes, se han visto repetidas una y otra vez: la corporación municipal, con su alcaldesa a la cabeza, saliendo en comitiva, con maceros y estandartes, hacia la catedral el día del Corpus; vírgenes y santos nombrados alcaldes perpetuos, actos religiosos presididos por representantes institucionales, y representantes institucionales, en su condición de tales, arrodillados ante símbolos religiosos.

¿Y el laicismo? ¿Dónde quedaba el laicismo de las instituciones?

Vaya por delante que el laicismo no consiste en quemar iglesias, ni siquiera en ir contra la religión, como se hace creer de forma interesada a la gente que quiere creérselo, por su deficiente formación o porque le viene bien para sostener en pie su tinglado político. El laicismo no es otra cosa que la separación de la vida civil de la práctica religiosa: en un estado laico sus instituciones son independientes de la religión.

No se puede decir que España sea un estado laico, ni tan siquiera aconfesional, como reza la propia Constitución. Y en cuarenta años de Transición se ha avanzado poco, muy poco, en esa dirección.

Ahora, las políticas de los nuevos partidos de izquierdas intentan remediar tanto atraso, a pesar de las inercias, que presentadas como costumbres y/o folklore, están encadenadas a la propia esencia de todo un pueblo. Y es aquí donde se encuentra lo que debería ser el primer reto; nada fácil, la verdad, después de tantos y tantos años de fusión y confusión de los roles. Definir aquellas fiestas de exaltación y ritos religiosos, que corresponden al ámbito personal y que, independientemente de su motivación primera, hoy pueden considerarse de carácter cultural, folklórico o popular en su amplio sentido, para determinar a partir de aquí la representación institucional necesaria.

Así que lejos de deslizarse por la comodidad de la cuesta abajo de “esto siempre ha sido así” o “es imposible cambiar el estado de las cosas”, se acomete un peligroso camino en la dirección del laicismo. Y el término “peligroso” no es en absoluto exagerado: han decidido colocarse enfrente de la Iglesia Católica, la institución más poderosa y más rica del planeta, para la que todos sus esfuerzos van encaminados a proteger esa riqueza y mantener sus privilegios.

Lejos ahora de pormenorizar y poner ejemplos que están en el ánimo de todos, traigamos aquí el paradigmático caso del convento de Santa María de Cádiz. Un valioso edificio anterior al saqueo de la flota inglesa de 1596 que actualmente se encuentra en un estado ruinoso. Apenas una asociación, con sus escasos recursos, ha conseguido apuntalar en precario y evitar que se pierda definitivamente.

Por tierra, mar y aire se pide a la ciudadanía y a las instituciones la ayuda necesaria para rehabilitar el ruinoso convento, se hacen llamadas a la solidaridad con nuestro valioso patrimonio, haciéndonos responsables de su supervivencia.

Pero, ¿y la propiedad? ¿Qué hace? Aclaramos que la propiedad es la propia comunidad de religiosas, que intentó una negociación a dos bandas con la Junta de Andalucía y con una empresa inmobiliaria, y que al final se fue al traste. Y mientras, el Obispado, que algo tendrá que decir en todo esto, callado como un muerto.

Y aquí entra la corporación actual del Ayuntamiento, que ha manifestado que entiende el valor del convento, que le parece absolutamente necesaria su rehabilitación, pero que sencillamente no tiene dinero para ello.

Una postura coherente ante lo que parece un nuevo episodio “Oratorio”. Recuerden: con fondos públicos se rehabilitó el Oratorio de San Felipe Neri. Pues bien, una vez rehabilitado, el Obispado tomó posesión de él, lo cerró a cal y canto para el culto y ahora para visitarlo hay que pagar. Un negocio redondo ante el que tragaron obedientemente ciudadanía e instituciones.

Hoy parece que los tiempos están cambiando. Aunque todavía quede mucho camino por recorrer, no libre de obstáculos y críticas cavernarias, incluso algunas veces de contradicciones, al menos se dice “no”, y además ya hay muchos ciudadanos que aplauden.

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