La tramoya del FIT: Historias tras la cortina


Cuando las cortinas aún no se han abierto no crean que el FIT está carente de vida. Por detrás, los operarios que montan y desmontan los elementos de atrezzo también tienen sus propias historias que contar. El hecho de no ser visibles al público no les hace, precisamente, completamente invisibles. The Gáditan ha querido saber qué historias habitan entre bambalinas, en los recovecos de los teatros, en los montajes de decorado que este FIT no ha sacado a escena durante estos 30 años de vida.

Ahorita vengo, güey

En 1990, la Compañía Nacional de Teatro de México trajo hasta el FIT una obra bélica para representar en el Gran Teatro Falla. En la ficha técnica para realizar el montaje del decorado que le dejaron a los tramoyistas, había indicaciones de que tenían que construir un vagón de tren, pero sin indicaciones sobre qué materiales había que utilizar para construirlo. Aun así, los tramoyistas comenzaron a montarlo. Un día, los técnicos de la Compañía Nacional de Teatro de México vinieron para ayudar y comprobar cómo iba la construcción del vagón. Se ve que la buena disposición duró un día y que los técnicos mexicanos se despidieron con un “ahorita vengo” que nunca se cumplió. Los tramoyistas se quedaron esperando que volvieran. Mientras, la construcción del vagón proseguía y los operarios de Cádiz consiguieron terminarlo en diez días, mientras que, según los rumores que llegaron hasta Cádiz, en México el vagón tardó cuatro meses en ser construido.

Pero la historia del vagón no terminó con su construcción. Durante la representación, uno de los intérpretes tenía que estar metido dentro del vagón mientras se representaban escenas de guerra en el escenario. Para recrear con más realismo el ambiente bélico, uno de los tramoyistas tenía que activar un aparato que lanzara humo en aquellas escenas, pero de vez en cuando pulsaba el botón y se olvidaba que estaba inundando de humo no solo el escenario, sino también el vagón, que no tenía un sistema apropiado de ventilación, por lo que el actor que estaba dentro agazapado tuvo que improvisar ante la asfixia que el humo le hacía sentir allí dentro y salir fuera, al escenario, donde la guerra se desarrollaba para hacerse el moribundo y, paradojas de la vida, caer desmayado para así poder respirar.

Si esto no era suficiente, en la obra se tenían que producir una serie de muertes. Ya saben, cosas de la guerra. El problema estaba en que las muertes se producían por la caída de intérpretes encima del vagón. Al haber sido construido solamente en diez días, aquel vagón no tenía la fortaleza de la muralla del Campo del Sur y cuando los actores caían encima de él, el vagón, obviamente, se desmoronaba. ¿La solución? Que varios tramoyistas se situaran detrás del vagón aguantándolo con unos palos y cada vez que alguien saltaba rezar para que los palos resisitieran el impacto.

Lija que lija

Cuentan los operarios del Gran Teatro Falla que en un Festival Iberoamericano de Teatro una compañía de Colombia o Cuba, no lo recuerdan bien, les entregó una ficha técnica en la que decía que había que construir una escalera en forma de triángulo. La compañía hizo mucho hincapié en que tenía que estar muy bien lijada, sobre todo en las juntas. Varios días se pasaron los tramoyistas lija que lija la escalera, hasta que llegó la compañía y preguntó por ella. Los tramoyistas se la enseñaron, orgullosos de la perfección del lijado, y los miembros de la compañía, ni cortos ni perezosos, comenzaron a llenar la escalera de tapaporo y arena de la playa. Dejaron la escalera cubierta con aquella mezcla ante la atónita mirada de los tramoyistas que a día de hoy aún se preguntan para que lijaron aquella escalera triangular.

¿Dónde está el balcón de Julieta?

Puede que ahora no lo crean, pero el edificio de Valcárcel sirvió alguna que otra vez para las representaciones del Festival Iberoamericano de Teatro. En una ocasión, se iba a representar en él una versión de Romeo y Julieta por una compañía para el FIT y en la ficha técnica se recogía, como viene siendo costumbre cada vez que se representa Romeo y Julieta, que hacía falta un balcón. Después de muchas horas dando forma a un balcón en el que Julieta pudiese mostrar su desdicha por su amor prohibido, los tramoyistas se acercaron el día de la representación a Valcárcel para ver la obra. Esperaron y esperaron, pero la representación terminó y el balcón no había aparecido. Aún a día de hoy, desconocen la razón de que en Cádiz no estuviese el balcón, cuando al poco tiempo después esa misma obra en las sesiones de extensión del FIT que tenían lugar en Madrid actuó con el balcón que habían realizado los tramoyistas.

Un ensayo intimidatorio

En el FIT 2015 también ha habido lugar para que surjan historias inesperadas detrás de las cortinas. En el ensayo de la obra La imaginación del futuro, de la compañía chilena La re-sentida, los actores pidieron a tres tramoyistas que se sentaran en las butacas del público. Uno se sentó en la primera fila, otro en la tercera y el último en la cuarta. Durante el ensayo una de las actrices se acercó a los dos primeros y les pidió 20 euros. Figuradamente le dieron los 20 euros y la actriz, satisfecha, se fue a por el tercer tramoyista que estaba sentado en la cuarta fila. Comenzó a increparle y a decirle que por qué no le quería dar el dinero, que qué ocurría, que si necesitaba que se desnudase. La actriz se quitó camisa y sujetador delante del tramoyista que no sabía donde meterse. Además, como el ensayo estaba siendo transmitido a través de los monitores, el resto de tramoyistas al ver cómo su compañero estaba descompuesto no podían parar de reírse. Obviamente todo formaba parte de un ensayo, pero eso no evitó que lo que era un simple ensayo, para el tramoyista se convirtiese en un momento intimidatorio.

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