Marat/Sade: Una dicotomía entre el individuo y el bien común


El Gran Teatro Falla estuvo de enhorabuena, el pasado miércoles volvió a recibir a una de las compañías con más presencias en el Festival Iberoamericano de Teatro, la sevillana Atalaya, Premio Nacional en 2008. En esta ocasión adaptando la obra de Peter Weiss, Marat/Sade, uno de los ejemplos más significativos del “teatro dentro del teatro”.

La historia, interpretada en la ficción por internos con taras psíquicas del Hospicio de Charenton, se desarrolla en dos etapas diferentes; 1808, año en el que transcurre la historia y donde el grupo teatral del manicomio, dirigido por el Marqués de Sade, interpreta los hechos acontecidos en 1793, fecha donde acontecen los hechos que acabaría con la muerte de Marat en la bañera de su domicilio parisino.

Una representación que dispone sobre el escenario el debate entre la toma de decisiones individualistas frente a la visión colectivista o del bien común  como solución a los conflictos, abierto en ese período de finales de siglo XVIII y principios del XIX pero que permanece vigente hoy día con una situación política y social también convulsa.

Ambas posturas vienen personificadas en las figuras predominantes del relato, sobre los que se sujeta toda la acción y el diálogo filosófico que entraña.

De un lado un Marqués de Sade, marcadamente astuto y hedonista, con un carácter frívolo y contestatario, amante de lo mundano. Cuestionando la utilidad de una revolución que para él termina por decaer cuando se instaura la guillotina como instrumento de ejecución masiva. Lamentándose, a través de este ejemplo, de la homogeneización que se quiere experimentar con los individuos, extrayendo la esencia genuina, extirpando la personalidad de cada individuo.

1511930_10153602208724070_2264351915599550399_o
Coro de sans culottes durante una de sus intervenciones musicales.

Más allá de esos rasgos, su presencia muestra también responsabilidad y estabilidad, ejerciendo como director de una obra de locos que sin él no llegaría a ningún puerto. Manuel Asencio encargado de dar vida al aristócrata libertino establece diferencias respecto al resto de reparto. Desde sus vestimentas negras frente al blanco típico del resto de ropajes en los huéspedes del psiquiátrico, hasta su voz, grave e imponente que en los muchos momentos musicales que se intercalan le confiere un sello de tenor.

Del otro un Jean Paul Marat, líder de los jacobinos, quizás venido a menos por su enfermedad en la piel y sus temores ante los enemigos contrarrevolucionarios. A pesar de ello destella su tozudez en el fin de conseguir la liberación de los desarrapados. Entonando discursos donde se invita al pueblo, que tanto lo veneraba, a obtener la libertad a través del principio inalienable de la igualdad, todo pasa por alcanzar el anhelo de la justicia social. En sus intervenciones fortalecidas por los cantos del coro que representa al pueblo, es donde quizás se aprecia con mayor facilidad el lenguaje épico influencia de Berton Brecht del que trata de impregnar la obra su director, Ricardo Iniesta.

Otro de los lenguajes artísticos que influencian la obra, es el de Antonin Artaud, inspirador del teatro de la crueldad. Con un ritmo frenético como el que impulsa a esta composición la búsqueda de la sorpresa no es tan sencilla como aparenta, pero se logra de manera holgada con momentos como cuando se rocía a Carlota Corday con un cubo de agua o al final cuando los internos revientan los taburetes estampándolos contra el suelo.

Una obra de detalles, donde no puede pasar desapercibido el uso de unas grandes cortinas blancas presentes en todo instante. Su papel es vital, teniendo una función multiusos; desde separar escenas, a esconder elementos secundarios que ya no juegan un papel fundamental en el instante preciso, a columnas donde el elenco trepa e interactúa.

Una obra completísima, entretenida y sobre todo con un mensaje en su interior, que si bien no es tan sencillo de descubrir como quitar el envoltorio a un regalo, si guarda una satisfacción mayor al descubrirlo, como es el saber que existe un compromiso y una postura clara ante el presente, algo que hoy día en la sociedad por la que caminamos es en muchos casos algo casi utópico de observar.

Imágenes cedidas por el Festival Iberoamericano de Cádiz obras de Víctor López.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s