El desalojo de La Laguna


perfilmarcoMARCO BEATO @MarcoBT91 /// Locales vacíos o carteles de venta y alquiler anuncian la desoladora situación de un barrio asfixiado y gris que observa  como su comercio no logra levantar cabeza ante la complejidad de la crisis económica y el olvido institucional. A ritmo de una balada triste los pintores, protagonistas en el nombre de gran parte de las calles de esta zona de la ciudad, parecen trazar sobre el lienzo una escena tenebrista a la que cada vez parece faltarle más luz de contraste. El cuadro cada vez resulta más negro. Un paseo por el barrio deja claro que se trata de un problema con recorrido.

En su zona cero, conformada por la calles Zurbarán y Pintor Godoy, se llegan a contar más de diez locales con las rejas echadas. El candado no entendió de tipo de negocios: cayeron peluquerías caninas, panaderías, tiendas de ropa, autoescuelas, etc. Tampoco fue permisivo con aquellos empresarios que decidieron mirar hacia la Avenida, como Zacatín, especializado en moda femenina y último local en caer al “se alquila” generalizado. En medio de tantas esperanzas perdidas y adioses rotos, el salón recreativo Río Grande permanece como decano en el lugar mirando con incertidumbre lo que ocurre a su alrededor.

Locales comerciales de la calle Zurbarán dan muestra de la situación. / Marco Beato
Locales comerciales de la calle Zurbarán dan muestra de la situación. / Marco Beato

El paisaje no mejora en el descenso hasta el entramado de calles que dan cuerpo a La Laguna, hoy con mucho menos atractivo que años atrás para comenzar un nuevo proyecto. Pintor Zuloaga, que cruza el barrio de este a oeste a modo de carótida para unir el Estadio Carranza con el Hospital Puerta del Mar, es otro claro ejemplo de esa inestabilidad comercial. Su céntrica posición no ha supuesto ningún argumento para contrarrestar esta dinámica negativa que continúa imparable con más despedidas, como la del Bar-Restaurante BarraZal, que en su cristalera de la esquina con la Plaza Pintor Clemente de Torres ya anuncia su inminente traspaso, sólo dos años después de su reinauguración.

La lista de calles que han visto disminuir el flujo comercial es tan larga (Goya, Sorolla, Murillo, entre otra muchas) como el número de propuestas para paliar la situación que el Ayuntamiento de la ciudad ha rechazado a la Asociación de Comerciantes de La Laguna. José Piñeiro, presidente de los comerciantes, irritado, hace memoria de la continuada negativa del consistorio a tomar cartas en el asunto. El diálogo se abre con la denuncia hacia la inacción de la Mesa de Comercio, el órgano consultivo en  la materia que más que ayudar a la búsqueda de soluciones a través del consenso entre los distintos agentes económicos de la ciudad, apenas se reúne varias veces al año de manera testimonial sin afrontar ningún reto consistente.

Mientras se aferra en atender a las personas que acuden a su negocio de rótulos e impresiones a gran escala, José continúa descifrándonos la cara oculta de la despoblación de establecimientos que vive el vecindario, un tema en el que se ha especializado como responsable de la asociación desde 1991. Seguro, expone el antídoto a cualquier cifra de desempleo en la ciudad. La clave es dar a Cádiz el reconocimiento de zona de libre comercio, un estatus parecido al de Gibraltar que atraería la iniciativa de inversores extranjeros y llenaría de nuevo las estancias vacías.

A pesar de los muchos atractivos que presenta una de las zonas más densamente pobladas de la localidad los mecanismos para revitalizarla no son los correctos. Piñeiro es tajante: “Al Ayuntamiento le importa un carajo el comercio. Lo único que busca son votos para no abandonar los puestos de privilegio que les aporta el poder”. Recuerda algunas obras acometidas bajo el pretexto gubernamental de mejorar las vías de acceso con el objetivo de abrir el barrio, la más sonada, la remodelación del Estadio Carranza,  lejos de dibujar beneficios, trajo una ida y venida de comercios poco asentados en calles colindantes como Plaza Madrid.

El tono de hastío no se detiene, es demasiada batalla para tan pocos triunfos. Son recuerdos sin sonrisas, sinsabores sin cese. Lamentos que cobran forma en palabras de incredulidad. Las exigencias de la Asociación son mínimas, José argumenta como la suya es de las pocas asociaciones de la ciudad que no ha pedido nunca dinero al Ayuntamiento. Sólo reclamaban el permiso del gobierno local para en fechas claves disponer de distintos tipos de ferias, la del libro o la de artesanía entre otras, con las que atraer al público y aumentar las ventas. La concesión de montaje de estos actos se denegó hace ya unos diez años, las opciones de recuperarlas se observan lejanas.

La postura descrita por el representante de los vendedores no es la misma que comparte la Asociación de Vecinos Manuel de Falla. Su tesorero, Luis Pérez también se muestra preocupado por la espantada del comercio, comparte esa visión negativa que invade el entorno, sin embargo exculpa al Ayuntamiento. La crisis resurge como el demonio causante de esta danza del desvalijo. La responsabilidad está en manos de particulares comenta convencido, le da pena que el barrio pierda vida, pero desconoce si la ausencia de estrategias comerciales desde el Ayuntamiento pueden ser el motivo de este paisaje de western americano, ya no solo en invierno, también en verano, lo cual alienta mucho a la desolación.

Dentro de lo oscuro y puestos a buscar una esperanza rejuvenecedora en esta especie de boca de lobo, nuevos negocios, en su mayoría regentados por jóvenes, tratan de salir al paso. Conscientes de la dificultad aprovechan que ahora los alquileres no son tan feroces como años atrás. Hoy, un local en la calle Goya se cifra en 400 euros cuando hace tan sólo una década triplicaba su valor, es el aspecto más amable de la crisis. Los especuladores no sacan beneficios con locales de rentas tan elevadas, viéndose obligados a rebajar sus exigencias para no ver déficits en sus cuentas. Dos estudios de tatuajes, un negocio especializado en cómics o la tienda especializada en artes plásticas, Artemática, sustituyen a negocios tradicionales que no aguantaron. La razón de los últimos a su nuevo alojamiento responde a que en el Casco Histórico se respira un situación parecida, las ventas escasean y los locales más pequeños tienen el mismo precio que en extramuros.

El tiempo dirá si estos nuevos inquilinos acertaron, si fueron los pioneros en el lavado de imagen de una zona que logró solventar la mayor depresión de su corta vida. Son ellos junto al compromiso vecinal los que podrán salir adelante o ver al tren pasar.

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